Aprobación, economía y guerra: el tablero político rumbo a 2026

10 de marzo, 2026

DEFOE

 

El discurso del Estado de la Unión suele funcionar como un ritual de reafirmación presidencial. Ante el Congreso y frente al país, el presidente presenta un balance de su gestión y, sobre todo, intenta fijar el tono político del año. En el caso de Donald Trump, el mensaje llega en un momento particularmente delicado: un año después de su regreso a la Casa Blanca, los indicadores de opinión pública sugieren un patrón clásico de la política estadounidense —el desgaste temprano del poder— pero con una intensidad notable entre algunos segmentos clave del electorado.

 

Los datos del Agregador Defoe permiten observar ese proceso con claridad. Entre marzo de 2025 y marzo de 2026, la aprobación nacional del presidente pasó de 48.4% a 43.4%, una caída de cinco puntos porcentuales. No se trata de un colapso dramático, pero sí de un descenso consistente que atraviesa prácticamente todos los grupos demográficos. Más importante aún, ese descenso coincide con un debilitamiento del respaldo a dos de los ejes centrales de su agenda: la política migratoria y la política exterior.

El patrón del desgaste presidencial

La caída en la aprobación presidencial se distribuye de manera desigual entre distintos grupos sociales. En términos de género, Trump pierde terreno de forma particularmente marcada entre los hombres —de 55.4% a 45.6%— aunque el deterioro entre las mujeres también es claro, al pasar de 42.7% a 34.8%.

 

Por edad, el retroceso más pronunciado aparece entre los votantes jóvenes. Entre los ciudadanos de 18 a 29 años, la aprobación presidencial cae de 45.9% a 31.4%, una reducción de más de catorce puntos. Entre los votantes de 30 a 44 años el descenso es similar: de 43.8% a 34.5%. En contraste, los grupos de mayor edad muestran una erosión más moderada. Los votantes de 65 años o más reducen su apoyo apenas cinco puntos.

 

El patrón es consistente con tendencias conocidas en la política estadounidense: los votantes jóvenes suelen reaccionar con mayor rapidez a los cambios en el clima político, mientras que los electores mayores mantienen lealtades más estables. Pero la magnitud del cambio entre los menores de 45 años sugiere algo más profundo que una simple fluctuación temporal.

El frente migratorio: apoyo en descenso

Si hay un tema que ha definido la identidad política de Trump desde 2016, es la migración. Sin embargo, incluso en este terreno el apoyo público muestra señales de desgaste.

 

La aprobación nacional de la política migratoria del presidente cae de 50.9% a 42.7% en un año. La reducción es particularmente visible entre los jóvenes —de 42.7% a 31.5%— y entre los votantes de ingresos bajos, donde pasa de 51% a 42.4%.

 

Entre los grupos raciales el deterioro es aún más pronunciado. La aprobación entre los afroamericanos cae de 36.7% a 17.8%, prácticamente a la mitad. Entre los hispanos, el descenso es de 41.2% a 32.6%.

 

Incluso entre los votantes blancos —el núcleo electoral del trumpismo— el respaldo disminuye de 56.7% a 47.5%. Es un recordatorio de que, aun cuando una agenda política esté fuertemente asociada con una base electoral, su apoyo no es inmune al desgaste de la gestión.

Política exterior: un apoyo más frágil

La política exterior, tradicionalmente un terreno donde los presidentes buscan proyectar liderazgo y obtener un efecto de rally around the flag, tampoco ofrece señales particularmente favorables para la administración. La aprobación nacional cae de 44.2% a 38.6%, con descensos especialmente marcados entre los votantes de 30 a 44 años (de 47% a 32.4%). Entre los afroamericanos la caída es aún más abrupta —de 34.1% a 18.1%—, mientras que entre los votantes de mayores ingresos el respaldo pasa de 49% a 38%. Un dato curioso aparece entre los votantes hispanos: la aprobación se mantiene prácticamente estable —con una ligera subida de 37.5% a 38.4%—, en contraste con el deterioro observado en otros grupos.

 

Este debilitamiento coincide con el nuevo frente abierto en Medio Oriente tras los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lejos de producir el tradicional repunte patriótico que históricamente acompañaba a los éxitos militares, las encuestas recientes sugieren que el conflicto no ha generado un aumento significativo en la aprobación presidencial. La experiencia acumulada de Afganistán e Irak parece haber reducido la disposición del electorado a otorgar al presidente un “cheque en blanco” en política exterior, especialmente cuando el objetivo estratégico del conflicto no ha sido claramente explicado. Además, para muchos votantes el contexto económico sigue siendo el prisma central desde el cual se interpretan los acontecimientos internacionales: el aumento en los precios del petróleo y el temor a una escalada regional se integran rápidamente en las preocupaciones cotidianas sobre inflación y costo de vida. En ese sentido, el conflicto con Irán no parece ofrecer ventajas políticas inmediatas para la Casa Blanca; por el contrario, existe el riesgo de que prolongue la percepción de que la administración está más concentrada en conflictos externos que en las presiones económicas internas que dominan la agenda del electorado.

La estabilidad del pesimismo nacional

Si la aprobación presidencial muestra desgaste, la percepción sobre el rumbo del país parece haberse estancado en un nivel persistentemente bajo.

 

La proporción de estadounidenses que considera que el país va en la dirección correcta pasa de 33.8% a 33.1% en un año. Es, en términos prácticos, una estabilidad dentro del pesimismo.

 

Este tipo de indicadores suele ser más importante de lo que parece. En la política estadounidense, el humor nacional —más que la evaluación directa del presidente— suele anticipar el comportamiento electoral en elecciones intermedias.

La erosión del voto republicano potencial

Tal vez el dato más relevante para entender el contexto electoral es la comparación entre el voto republicano registrado en las elecciones de 2024 y el apoyo actual al partido entre distintos segmentos.

 

Según los exit polls de 2024, el candidato republicano obtuvo 49.8% del voto nacional. Hoy, el agregador de opinión pública sitúa la preferencia republicana en 43.1%, casi siete puntos menos.

 

La caída es particularmente fuerte entre los jóvenes. Entre los votantes de 18 a 29 años, el voto republicano pasó de 42% en 2024 a 23.6% en la actualidad. Entre los electores de 30 a 44 años, el descenso es de 47% a 31.3%.

 

Entre los votantes blancos el apoyo republicano también cae de 58% a 45%, mientras que entre los hispanos disminuye de 45% a 32.2%.

 

La única excepción notable se encuentra entre los votantes de mayores ingresos, donde el apoyo republicano se mantiene relativamente estable.

La lógica de las elecciones intermedias

En la historia reciente de Estados Unidos, las elecciones intermedias casi siempre funcionan como un referéndum sobre el presidente en funciones. Desde la Segunda Guerra Mundial, el partido del presidente ha perdido escaños en la Cámara de Representantes en la gran mayoría de los ciclos electorales.

 

Los datos actuales del Agregador Defoe sugieren que el contexto estructural para 2026 podría seguir ese patrón: la aprobación presidencial en descenso, el debilitamiento del apoyo a políticas clave y la erosión del voto republicano entre algunos grupos demográficos apuntan hacia un escenario electoral competitivo.

 

A esto se suma un elemento adicional que comienza a hacerse visible en las primeras primarias del ciclo: un creciente sentimiento anti-incumbente dentro de ambos partidos. Los primeros procesos de selección de candidatos ya han mostrado señales de una base electoral cansada del statu quo. En la primera noche de primarias del año, un miembro de la Cámara perdió su nominación, varios fueron forzados a segundas vueltas y otros sobrevivieron por márgenes mínimos. El caso más llamativo fue el del republicano Dan Crenshaw en Texas, derrotado por un retador más alineado con la base conservadora. Al mismo tiempo, varios demócratas veteranos enfrentan desafíos serios de candidatos más jóvenes o ideológicamente distintos, mientras que en otros distritos figuras del establishment se ven presionadas por cambios demográficos o redistritación. Este clima de insatisfacción no sigue una línea ideológica clara —afecta tanto a moderados como a figuras veteranas— pero sí revela un electorado cada vez más dispuesto a castigar a quienes percibe como parte del establishment político.

Un año que definirá el rumbo

El Estado de la Unión no cambia por sí solo la opinión pública, pero sí marca el inicio de una nueva etapa política. Para la administración Trump, el reto central será frenar el desgaste antes de que se consolide como una narrativa política dominante.

 

Las cifras actuales sugieren que la coalición electoral que llevó al presidente de vuelta a la Casa Blanca sigue existiendo, pero ya no parece tan sólida como hace un año. Y en la política estadounidense, la distancia entre un apoyo erosionado y una derrota electoral puede ser más corta de lo que parece.

 

Las elecciones intermedias de 2026, en ese sentido, ya comenzaron. Y la opinión pública empieza a dar sus primeras pistas sobre el rumbo que podrían tomar.

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