Trump rumbo a las intermedias de 2026

20 de enero, 2026

DEFOE

Cuando los números no predicen el resultado, pero sí el tipo de elección

Una advertencia básica antes de entrar a los datos: la aprobación presidencial no es un pronóstico electoral. No nos dice quién va a ganar una elección. Lo que sí hace —y lo hace mejor que casi cualquier otro indicador— es decirnos hasta qué punto la elección estará dominada por una evaluación del desempeño del gobierno y desde qué terreno emocional votará el electorado.

Y bajo esa lógica, los números de Trump a inicios de 2026 son claros.

Con el corte del Agregador Defoe del 13 de enero de 2026, Trump registra 43.4% de aprobación y 53.6% de desaprobación, un balance neto negativo de poco más de diez puntos. No es una caída abrupta de último momento, sino el resultado de una trayectoria que se deterioró durante la segunda mitad de 2025 y tocó su punto más bajo entre finales de noviembre y principios de diciembre.

Ese periodo coincide con un contexto bien documentado por encuestas públicas (Reuters/Ipsos, entre otras): malestar persistente por el costo de vida, desgaste político acumulado y una percepción creciente de caos más que de control. El pequeño rebote de fin de año no cambia el diagnóstico general: Trump entra a 2026 en territorio desfavorable.

Ese diagnóstico se vuelve más contundente cuando se observa el indicador que suele anticipar elecciones de castigo: la dirección del país. Solo 30.9% de los estadounidenses dice que EE.UU. va por el camino correcto. Ese dato, más que la aprobación misma, es el que históricamente convierte elecciones intermedias en referéndums sobre quien gobierna. Cuando el país “va mal”, el voto no busca entusiasmo; busca corrección.

Ahora bien, lo interesante no es solo el promedio nacional, sino cómo se distribuye el apoyo y el rechazo.

Trump sigue sosteniéndose relativamente mejor entre hombres, votantes blancos y personas mayores de 45 años. Son grupos que históricamente votan con alta consistencia, lo cual explica por qué su aprobación no colapsa. Pero ese sostén ya no alcanza para compensar el rechazo profundo que enfrenta en otros segmentos.

Entre jóvenes de 18 a 29 años, su desaprobación supera por más de treinta puntos a la aprobación. Entre mujeres, la brecha negativa ronda los veinte puntos. Entre hispanos y, sobre todo, votantes negros, el rechazo es abrumador. Algo similar ocurre entre quienes ganan menos de 50 mil dólares al año.

Este patrón importa porque las intermedias no se definen solo por preferencias, sino por participación diferencial. Trump depende de grupos que votan siempre, pero llega a 2026 con debilidades estructurales justo en los segmentos que pueden cambiar su nivel de participación si la agenda los activa.

Y aquí entra el corazón del problema para la Casa Blanca: los temas en los que Trump intenta jugar como “presidente fuerte” tampoco le están dando saldo positivo.

En migración, su aprobación ronda el 43%, con desaprobación por encima del 50. En política exterior, el balance es incluso peor. Esto es notable porque migración suele ser considerada su terreno natural. Sin embargo, el contexto reciente explica por qué ese terreno es hoy inestable.

En las primeras semanas de 2026, Reuters documentó que el Departamento de Estado ha revocado más de 100,000 visas, un récord moderno, como parte de un endurecimiento migratorio que incluye mayor escrutinio y “vetting” continuo. A esto se suma una proclamación firmada a mediados de diciembre de 2025 que restringe la entrada de ciudadanos extranjeros por razones de seguridad nacional, con efectos ya visibles desde enero.

Para su base, estas acciones refuerzan una narrativa de orden y control. Pero para amplios sectores moderados —y especialmente para jóvenes, mujeres y votantes urbanos— el mismo conjunto de medidas se percibe como excesivo, arbitrario o costoso en términos humanos. En otras palabras, migración moviliza a favor y en contra, y hoy los datos sugieren que la movilización negativa puede ser más intensa.

La política exterior añade otra capa de volatilidad. A inicios de enero, EE.UU. anunció la captura de Nicolás Maduro en una operación que inmediatamente abrió debates sobre legalidad, precedentes internacionales y riesgos de escalada. Casi en paralelo, Trump anunció un arancel de 25% a países que mantengan relaciones comerciales con Irán, una decisión que combina geopolítica, comercio y economía doméstica.

Este tipo de eventos tiene una característica clave desde la óptica de opinión pública: convierte la política exterior en un asunto doméstico. No se discute solo “qué pasa en Venezuela o Irán”, sino qué tan estable, predecible y segura parece la presidencia. Eso puede fortalecer la imagen de liderazgo en ciertos votantes, pero también reforzar la percepción de caos en otros, especialmente cuando el país ya se siente “mal encaminado”.

Todo esto ocurre bajo el reloj implacable de las intermedias de noviembre de 2026, con un elemento adicional que suele subestimarse: el Mundial 2026, que se celebrará entre junio y julio en EE.UU., México y Canadá. El Mundial no elimina la política, pero sí cambia su lenguaje. Durante esos meses, dominan las narrativas simples: seguridad, identidad, orgullo nacional, control logístico. Es un entorno donde los mensajes complejos pierden tracción y los símbolos ganan peso.

Para Trump, eso representa tanto una oportunidad como un riesgo. Puede intentar encuadrar el verano como una demostración de orden y capacidad del Estado. Pero cualquier falla —en seguridad, logística o imagen internacional— también puede amplificarse emocionalmente.

Si uno junta todas estas piezas, el modelo que emerge no es el de una elección decidida por un giro dramático en la aprobación, sino por qué emoción domina al electorado y quién logra convertirla en participación.

Con una aprobación netamente negativa, una percepción del país claramente pesimista y un voto genérico que hoy favorece a los demócratas por alrededor de cuatro puntos, el punto de partida es desfavorable para Trump. Su única vía de contención es que la elección deje de ser un voto de corrección sobre el rumbo del país y se convierta en una contienda centrada en orden, seguridad y amenaza externa.

El problema es que, según nuestros datos del Agregador Defoe, incluso en esos temas Trump ya no está ganando con comodidad.

Y ese es, probablemente, el dato más importante de todos.

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